Nuestro Camino a Casa
En realidad no importa cuantas tribulaciones y cuanto esfuerzo te tome arribar a tu destino. Lo que cienta es que llegues allí. El camino de regreso a casa es siempre más largo; pero eso tampoco importa, porque –de una forma u otra– el universo siempre encontrará la manera de desafiarte. Para ello estamos aquí como burbujas de conciencia itinerantes y efímeras: para aprender. No hay aprendizaje posible sin el desafío.
Y si logras regresar a casa, es probable que para entonces estés magullado y golpeado. Tendrás que recoger las piezas de ti mismo que cayeron mientras rodabas con los golpes en cada curva y giro del camino.
Uno puede preguntar una y otra vez: “¿Cuál es el punto?”, y obtener siempre la misma respuesta: “El punto es lo que está frente a ti”. Ese es el premio por el que pagaste el peaje, y por eso todo es igual. Tu única libertad es elegir qué hacer con ello. Uno puede quedar asombrado y agradecido al ver un guijarro común y corriente, o desilusionado y resentido frente a un palacio hecho de oro y piedras preciosas.
Esa es la diferencia entre estar en casa y quedar varado, huérfano en el mismo planeta que te dio la vida. Visto desde este ángulo, no es una afirmación atrevida decir que prácticamente todo lo que has aprendido es mentira. La peor clase de mentira también. La que se adhiere, como un parásito, a pepitas de verdad. Distorsiona esas verdades. Las somete a su voluntad, las convierte en una burla de su bella esencia, se alimenta de ellas con una sed insaciable y una glotonería obscena. Nos esclaviza, nos convierte en cómplices.
Somos yo, tú y todos. Siempre decimos “personas” cuando hablamos de los demás, pero somos cada uno de nosotros. Somos nosotros los que sacrificamos todo en el altar de la importancia personal. No “la gente”. Nosotros.
Esto es, hasta que retornamos a casa.
Tu casa es ese lugar donde has perdido todo lo que creías que tenías que defender, excepto tu mundo –ese universo fractal que viaja contigo en cada paso del camino–. Es ese lugar fuera de tu país, de tu familia, de tu círculo de amigos, de tus ideas, de tus emociones. Es el único lugar que existe verdaderamente fuera de ti, en vez de ser sólo un eco de tus proyecciones. Y, felizmente, es ese lugar al que siempre puedes volver. Ni siquiera importa si ya no estás vivo. Siempre puedes regresar a casa.
De hecho, tu casa es donde está el corazón. Es ese lugar sublime y escondido donde la verdad siempre sigue siendo cierta, donde cada hombre es un rey, cada mujer una reina y cada niño un niño. Y todos son guerreros y todos son viajeros. El universo nunca dejará de desafiarte, pero cuando estés en casa, nadie podrá entrar si no está invitado.
¿Lo ves? Esa es la diferencia.
Hemos estado ensoñando este sueño de Seenergy durante décadas. Hemos caminado, corrido y volado muchísimos kilómetros –como vuela el ave negra de la libertad–. ¿Por qué? ¿Cual es el punto? Bueno, porque es nuestro hogar y está justo frente a nosotros. Hemos recogido los pedazos de nosotros mismos que cayeron y hemos sanado nuestras heridas y moretones lo mejor que hemos podido. Nunca estaremos completamente limpios. Nadie lo está. Pero nuestro verdadero ensueño es no tener nada más que defender, por lo que estamos completos y listos para regresar a casa todos los días de nuestra existencia.
Si eres verdadero, tienes un lugar en la mesa. Entra. Salta a la corriente de agua fresca, turquesa, y sube esa cascada. Ese arco, justo más allá del dosel de los árboles que se doblan para recoger la humedad del río y escuchar su canto, es la entrada. ¿Puedes verlo? No estamos aquí para cambiar el mundo. El mundo es tal como se supone que debe ser. Estamos aquí para volver a casa.
Eso es lo que realmente significa cambiar el mundo.
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